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XUL

por Reinaldo Laddaga

imageDebemos haber sabido de XUL en 1983 (cedo al incomprensible deseo de escribir esta frase en el plural). La fecha es significativa: era el momento de salida de la última dictadura militar argentina, el cierre de un período que se había iniciado en 1976. Por lo que recuerdo, la atmósfera en Argentina (en Rosario, en todo caso, donde vivía, y en Buenos Aires, adonde iba con frecuencia) era de enorme excitación, por la multiplicación de posibilidades todavía inciertas, por la promesa, legible en mil pequeñas acciones de cualquiera, de la invención de una forma de practicar las artes (las letras, pero no solamente) que resonara con una forma de practicar la vida en público, en las escenas particulares, a veces domésticas, en que nos movíamos, pero que en los momentos más exhaltados imaginábamos prolongándose en la escena, digamos, política. El momento sería, al cabo, breve: hacia 1985, comenzaría a sentirse el impacto del SIDA.

Pero ¿qué tienen que ver una cosa con la otra? Tal vez no sea el caso para todos (tal vez no sea el caso, incluso, para la mayor parte de los que integraban el círculo más inmediatamente ligado a la vida cotidiana de XUL, a quienes, por entonces, solo conocía lejanamente), pero en lo que concierne a las partes de la escena de Buenos Aires y Rosario que conocía, la atención a la posibilidad de una política deseable era inseparable de la creencia en el valor de la experimentación sexual. Esto obedecía a una intuición más o menos vaga respecto a los problemas de la política revolucionaria “realmente existente” tal como recordábamos o suponíamos que se había practicado en la Argentina de finales de los años ’60 y principios de los ’70, respecto a lo que nos parecía que había habido en esa política de preservación de formas tradicionales de concebir la relación de los individuos sexuados entre sí y consigo mismos. Esta intuición era motivada en algunos y en otros modulada por nuestras lecturas más recientes, por nuestra respuesta al ingreso más o menos masivo, en las librerías y en las salas de clase de las facultades de Humanidades, o de Artes, o de Letras, de lo más intenso de la filosofía francesa contemporánea (Foucault, en primer lugar, y Deleuze, y en el trasfondo Lacan), que insistía en un vínculo entre lo sexual y lo político que elaboraba (así nos parecía) lo más intenso de Bataille y, antes, de Sade. Por entonces, reconocíamos esta confluencia en una obra que nos parecía fundamental aunque era, para muchos de nosotros, virtualmente desconocida: la de Osvaldo Lamborghini.

Por eso había sido un diminuto milagro para mí encontrar un sitio en que se articulaban, aunque fuera oscuramente, ciertas todavía más oscuras sensaciones; había sido una revelación encontrar un número de XUL en el que se habían publicado una serie de poemas dedicados a un caso policial sumamente sonado en esos días. El caso era el de cierta familia Schocklender, compuesta de un padre y una madre que habían sido asesinados por sus hijos, que durante años habían mantenido relaciones sexuales con la madre. La atención que XUL le prestaba al caso era, me parecía, el signo de la atención a una poesía que anudara el trabajo sobre lo que nos gustaba llamar el “significante”, la producción de fricciones y armonías sonoras o gráficas, con una atención a aquello más perturbador en el entorno (lo que me hacía pensar en ciertos momentos del surrealismo, que en Argentina era conservado aun en vida por Olga Orozco o Enrique Molina, a quien conocí en una presentación, precisamente, de XUL, pero cuyo momento más influyente era el de la obra última de Alejandra Pizarnik). Aquí parecía haber otra política, una política extraordinaria, la misma extraordinaria política que, en esa época, sugerían el teatro de Emeterio Cerro o lo mejor de la nueva pintura. Es decir, esos espacios donde se ponía en juego lo casi invisible, lo inasimilable, lo impoetizable, que, por eso, aparecía en la página un poco como un resto de otra ceremonia (porque la ceremonialidad era característica de gran parte de esta poesía).

Como la experimentación sexual era tan central al proyecto como la experimentación sobre el significante (ésta, insisto, es mi experiencia, y no necesariamente la de toda la constelación de individuos que se conectaron de una manera u otra con la revista), el avance del SIDA fue devastador, incluso mucho antes de que murieran algunos de los mejores poetas de la generación que componía el centro de XUL (Néstor Perlongher y el propio Cerro). Y las dos cosas estaban conectadas, no sólo en el organismo de estos escritores luego muertos, sino porque su ausentamiento, su silenciamiento cancelaba una figura particular de la utopía: la que imaginábamos como el sitio donde se concretizaría el vínculo entre un estado excepcional del cuerpo asociado a un estado libre de la lengua.

La langue es una palabra que a veces, al menos al escribir, usábamos. La palabra había sido inventada por Lacan. Algunos (lectores de Lacan pero también del Jean-Claude Milner de El amor de la lengua) la usaban para referirse a uno de los componentes de esta utopía. Otros preferíamos otras formas de hablar y hablábamos de la posibilidad de un lenguaje que se descompusiera en un campo de fuerzas que se descompusiera en un campo de puntos que se descompusiera en un haz, por ejemplo, de luz, como podían imaginarlo ciertos lectores de, por ejemplo, Deleuze y el Guattari en Kafka. Por una literatura menor, o el Deleuze de Lógica del sentido. Si no recuerdo mal las conversaciones que manteníamos entonces, la práctica de las letras que un gran número de los poetas reunidos en torno a XUL se proponían desplegar era enfáticamente extática: la poesía como una técnica para la consecución de un estado segundo. Por eso no debería extrañarle al lector encontrar en una cantidad de los textos de esa época ciertos armónicos religiosos. ¿De qué religión? De ninguna en particular, en muchos casos. En los casos en que sí, de una religión mezclada, más cercana a las ferias de los suburbios que a los templos de la clase media. La apoteosis tenía lugar en una nube de talco.

Insisto: el éxtasis se valorizaba porque no hay modo de no hacerlo, pero también porque se percibía en su búsqueda la posibilidad de un modo diferente de hacer política en el contexto particular que era el final de la dictadura militar, cuya experiencia había redistribuído para nosotros la manera de componer los mapas de lo que, a decir verdad, muchas veces preferíamos no llamar, por lo mayestático del término, “política”: allí donde, una década antes apenas, había sido posible concebir como “contradicción principal” la contradicción entre, digamos, la burguesía y el proletariado, comenzaría ahora a concebirse como antagonismo principal el que existía entre lo que vagamente llamábamos el “poder” y la materia de la subjetividad, entendida como lo que tal vez vagamente llamábamos el “cuerpo”, que suponíamos que se podía activarse gracias al juego de distribuciones de una lengua encarnada, una lengua en la cual ensayábamos el imposible proyecto (que nos parecía descubrir en ciertos narradores, Céline, William Burroughs, Severo Sarduy) de escribir como si, al hacerlo, quisiéramos anudar una conexión entre partículas de lenguaje y partículas de sensación, de manera que las frases fueran un poco como cuerdas que anudaran los polos idénticos de las risas y los llantos.

¿Qué tratábamos de hacer? ¿Qué piezas nos parecía estar moviendo en un tablero múltiple del cual un casillero era XUL? La cuestión está destinada a permanecer sin respuesta. No hay modo de saber qué formas de vida hubieran podido inventar los personajes y las relaciones que componían la escena de la poesía argentina en ese momento. Porque la interrupción fue abrupta, violenta y, por lo mismo, la causa de que ciertos años parezcan ahora un enclave secreto donde permanecen encapsuladas, suspendidas, posibilidades todavía inexploradas. ¿Cuáles? Es difícil decirlo. Pero en la ceremonialidad misma, en la atención al tallado del significante (y si hablo ahora de “tallado” es porque los mejores de los poetas que participaban en la confluencia de XUL trataban la lengua un poco como bloque, como “bloque oscuro caído” (Mallarmé), como cosa sobre la que se opera, a veces, per via de levare), eran un momento particular del despliegue de una meditación ética.

En el prólogo al Elogio de la sombra, en 1969, Borges escribía que “los hombres son solo a veces geómetras, pero son siempre moralistas”. Muchos de aquellos que nos parecían estar ocupándose de cuestiones de geometría (de geometría del poema, digamos), estaban sobre todo ocupándose de cuestiones de ética: de las cuestiones atenientes a la formación de maneras de vida, que suponían la invención de otras maneras de vincularse con las constelaciones del lenguaje. Esto tal vez sea más visible hoy que en su momento, y debiera ser perfectamente visible para quien lea esta antología de XUL. Porque no hay modo de no pensar la literatura de los primeros ’80 en Argentina como un momento particularmente incandescente, de un brillo todavía irrepetido. XUL, por su parte, sigue siendo la publicación que mejor captura lo esencial del momento, particularmente en lo que de este momento permanece más activo, menos retenido en el pasado.

Marzo, 2006