artwork

5 + 5

XUL: Signo Viejo y Nuevo

La toma de posición en el campo cultural argentino de la década del ‘80

por Sergio De Matteo

imageAl comenzar el año ’98 varios jóvenes pampeanos fundan una revista que lleva el nombre de Che: Artes y Culturas en Abya Yala[1], se llegan a publicar sólo cuatro números y el emprendimiento se da por concluido, pero todavía prima en algunos participantes la intención de focalizar el trabajo en y sobre la poesía, entonces ese producto inicial ha ido mutando en lo que hoy se conoce como Museo Salvaje. El proyecto tiene esos cambios debido a la inexperiencia editorial y a las dificultades del trabajo en grupo —circunstancia que se padece por factores heredados de la historia política y cultural reciente en la Argentina—, además, de las disputas internas en cuanto a los objetivos culturales planteados. Pero en síntesis, se sostiene la idea de que todo hacedor cultural se encuentra siempre en deuda y relacionado con su tradición —la acepte o la rechace en sus propias producciones— y mucho más todavía con su presente y sus contemporáneos, por lo tanto aquella empresa rinde cuenta a varias ediciones —y en la historia literaria quedará inscripto de dicha manera— que forman parte de las primeras lecturas realizadas por el colectivo cultural en el soporte de papel y, entre ellas, se destaca y homenajea, justamente, en la elección del formato a Xul: Signo Viejo y Nuevo.

Más allá de su historia nominativa y sus relaciones intertextuales —que otros estudiosos abordarán con mayor precisión y extensión—, en este ensayo se pretende destacar la “toma de posición” de Xul en el campo sociocultural argentino de la época, tendencia que se viabiliza en la práctica política y artística bajo el control ­—y posible castigo— de un gobierno de facto, que ha cometido una de las represiones más sangrientas del siglo XX en el territorio latinoamericano, y también poner de manifiesto la disputa cultural existente con otras corrientes y publicaciones que en dicho período procuran orientar la producción y el consumo literario de la década del ’80.

I

Escribir, es dar un salto fuera de la fila de los asesinos...

Franz Kafka

Sólo la violencia puede cambiar este mundo asesino...

Bertolt Brecht

En el momento en que aparece la revista Xul la Argentina está sumida en un enfrentamiento armado entre organizaciones políticas —denominadas subversivas, guerrilleras— que pretenden un cambio en toda la estructura estatal y civil —orientadas y sostenidas por un cruce de ideologías provenientes del marxismo— y, por el otro, las fuerzas armadas nacionales, que amparadas en los rasgos del Estado moderno promueven con sus acciones, en términos weberianos, el monopolio legítimo de la coerción. Xul se gesta y crece en el seno de una dictadura que se despliega no sólo en Argentina sino, también, sobre gran parte de Latinoamérica —coordinado a través del “Plan Cóndor” que fuera diseñado para su aplicación en la Escuela de las Américas—, que deja como legado una historia inconclusa, con miles de desparecidos, torturados y exilados, un campo popular desmovilizado y una industria cultural casi en quiebra.

Para comprender el contexto histórico y situar esos acontecimientos trágicos se toman como base diferentes ensayos de historiadores que los analizan desde distintas perspectivas, por ejemplo Floria y García Belsunce dicen:

Las fuerzas armadas habían decidido ocupar el Estado, reunir la mayor cantidad de recursos de poder aplicados a la represión de la guerrilla subversiva, pero al mismo tiempo cumplir objetivos mucho más ambiciosos: reorganizar la nación, cambiar las estructuras económicas, reformar las instituciones políticas, actuar sobre la cultura y reformular los valores básicos que evocaba el Preámbulo de la Constitución Nacional.[2]

El investigador David Rock fundamenta que su texto tuvo origen en 1976, en el Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Londres, y explica:

La junta de 1976, encabezada por el general Jorge Rafael Videla, llega al poder con mayor fuerza y libertad de maniobra que cualquiera de sus predecesores militares. Con el colapso del peronismo, la destrucción de los sindicatos y el conjunto de la población postrada por las huelgas, los cierres patronales, la inflación y el terror, sólo las guerrillas ofrecían una resistencia organizada, pero en marzo de 1976 también sus efectivos estaban disminuyendo. En los dos años anteriores, sus simpatizantes habían sido eliminados de la administración pública, las universidades, los medios de comunicación de masas y los sindicatos. Sus órganos de prensa fueron suprimidos; y la posesión de su literatura fue declarada un acto de subversión criminal. [...] La última fase de la guerra de guerrillas fue la más sangrienta y terrorífica: todo proceso legal fue dejado de lado; las patrullas militares infestaban el país; miles de personas desaparecían en las prisiones y las cámaras de tortura de la policía. [...] La represión, al parecer deliberadamente, era arbitraria, sin coordinación e indiscriminada, lo cual intensificaba su poder intimidatorio. Después del golpe, la combinación del terror con el derrumbe del nivel de vida llevó a miles de personas a buscar refugio en el exterior.[3]

En un trabajo realizado por Jozami, Paz y Villarreal se plantea:

...el período de gobierno militar que se inicia en 1976 aparece —más que obra exclusiva de una cúpula militar— como expresión de un proceso social regresivo que conjugó las iniciativas de múltiples fuerzas sociales. La reacción concertó el accionar de sectores militares, religiosos, políticos, sociales. Resultó de un proceso general de respuesta autoritaria, disciplinaria, represiva, a los avances de radicalización y lucha de los sectores populares en los años anteriores. Orientados, presionados, amplios sectores sociales apoyaron la lucha contra la subversión, callaron acerca de las manifestaciones de la “guerra sucia” y consolidaron la restauración del orden.[4]

De los fragmentos seleccionados es tangible decodificar la atmósfera de la época, se deduce la “situación límite” en la que está atrapada la nación, y en ese peligroso interregno son problemáticas las circunstancias de sobrevivencia para aquellos que desempeñan su compromiso en el campo intelectual —de igual forma padecen esa persecución despiadada los obreros, gremialistas, políticos, estudiantes o todo aquel ciudadano que por sus actos infunda sospecha­—, porque el golpe focaliza su ignominia en el segmento donde se genera y divulgan las ideas —y en esta diáspora las mismas son de carácter revolucionario—, por lo tanto su objetivo es cercenar los grupos que luchan por el dominio de la “superestructura”, el centro de operaciones —multiplicado en cada célula guerrillera— desde el que se insufla el capital teórico y se prepara a los militantes para la lucha armada. La profesora Nilda Redondo señala:

Para el aparato represivo de la clase dominante los intelectuales tienen un rol fundamental, tanto para consolidar su propio poder como para dar sentido a la lucha revolucionaria. Y cuando secuestran y reprimen se ensañan con los intelectuales. Saben que tienen un rol especial que cumplir, mucho más delicado que el de otros por cuanto son admirados por muchos.[5]

La elaboración de pensamiento —y su inculcación a las masas— por parte de intelectuales que no comulgan con el gobierno militar se considera conspirativo para los intereses de la nación. En ese aspecto es precisa la exégesis del investigador David Rock: “la posesión de su literatura fue declarado un acto de subversión criminal”; referencia obvia y directa a la obra —literaria, filosófica, política— de los intelectuales perseguidos por el “proceso”. Y teniendo en cuenta la relación entre la realidad y el plano de los contenidos (el mismo texto con sus conexiones paratextuales) se podrán hallar o deducir los esquemas ideológicos que los sostienen y derraman, en ese sentido el profesor Pablo Heredia refiere:

De la ubicación política del intelectual con su operatividad social, dependerán, a grandes rasgos, los contenidos temáticos de los textos literarios y los planteos estéticos alrededor de las relaciones realidad / ficción y literatura / historia / política / sociedad, implícitos en el lenguaje de los mismo relatos. Los intelectuales, así como sus textos literarios y ensayísticos, se constituyen en un texto cuyas actividades funcionan como significados militantes en el campo político que justifican y fundamentan el contenido y el lenguaje de sus escrituras.[6]

Ante todo se encuentra en el enunciado extraído del libro de David Rock la construcción y tipificación desde el poder de lo que se considera el “otro”, aquel que no es comprendido como semejante por su elección intelectual, una alteridad que consume un bien cultural que ha sido declarado subversivo, por lo cual, debido a su formación y militancia no pertenece y es imposible asimilar o incorporar al orden impuesto por el paradigma dominante. Las filas insurgentes son conminadas y oprimidas por las lecturas realizadas, entonces la posesión de narrativas que relacionen a cualquier ciudadano con ideologías de izquierda es objeto de detención, tortura y, en el peor de los casos, desaparición. Porque la lectura e incluso la producción de esa literatura —descentrada y desviada— no se condice con el programa “educativo y ejemplificante” de la dictadura. Tal violación del canon legitimado por el poder justifica el acto en el que se lleva a cabo la demarcación del organismo revolucionario, al identificárselo como el causante del síntoma generador de conflicto. Por lo que es necesario y obligación inmediata del poder el decomisado de la biblioteca en la que se forman los insurrectos, y esos lectores —fichados, quizá inventariados al azar— sufren la persecución, flagelación y la muerte. La calificación de “su literatura” como peligrosa, criminal y sistematizada en el concepto de la otredad —¿adherida, fusionada en los cuerpos desaparecidos?— es el germen patógeno que atenta con la contaminación de las ideas custodiadas por la hegemonía vigente, en consecuencia es necesario aplicar la violencia del estado, planificar el terror.

Es oportuno citar el análisis que realiza Torcuato Di Tella con relación a los conceptos de violencia y represión, y dice:

En cuanto a la represión gubernamental, ella sólo se ejerce si el gobierno tiene fuerza para imponerla. Ocurre con este control social como con todos los demás, que se aplican si hay un gobierno con suficiente fuerza como para establecerlos. Es por lo tanto factible que en un frente gubernamental haya varios actores violentos, y por lo tanto favorables a la represión, pero que al no contar con el apoyo de los demás miembros de la coalición no sean capaces de imponer la represión que favorecen. De todos modos seguirán siendo violentos y si no hay en su contra un consenso indudable ejercerán bastantes actos de violencia.[7]

En el parágrafo citado de David Rock aparece dos veces consignado el sema “terror”. Si se apela al archivo en la Fenomenología del espíritu de Hegel es posible leer un denso pasaje dedicado al terror:

Ser sospechoso sustituye a ser culpable o tiene su significación y su efecto; y la reacción externa contra esa efectividad que reside en el interior simple de la intención consiste en la destrucción brutal de ese sí mismo en el elemento del ser al que no puede quitarse otra cosa que su propio ser.

El poeta Jorge Santiago Perednik —editor de la revista Xulentrevistado por el profesor Ernesto Livon-Grosman en una de las preguntas retoma —o recompone— el término aludido:

Con respecto al tema del terror, me parece que a la palabra terror hay que pensarla asociada a error, para poder entender lo que dice. Porque terror es una palabra absolutamente liviana para expresar lo que el terror hace, lo que le hace a la gente. El significado del terror es tan violentamente destructivo que no se puede dar cuenta verbal de eso. Como si hubiera una t que lo tapa todo y vuelve vacía toda expresión. Entonces, decir terror es cometer un error respecto de lo que se designa... Esto lo quiero hacer presente porque es imposible, para alguien que no haya vivido lo que pasó en la Argentina en esa época, entender qué significaba vivir ahí. Vivir en el terror es una experiencia que no tiene traducción posible, una experiencia que las palabras no pueden describir. Pensar que a cada momento uno puede ser aniquilado físicamente, inclusive no haciendo nada, por equivocación, por contigüidad, por venganza contra un familiar, es una experiencia imposible de poner en palabras. En esa circunstancia apareció la revista, y por supuesto, el mismo hecho de publicar la revista era ponerse en peligro. Que la revista fuera pública era darle un signo a estos gobernantes con una política de aniquilación humana, ponerles en evidencia que uno era una persona que pensaba, una persona peligrosa para el régimen. Desde el punto de vista de la política editorial, evidentemente, vivir en el terror condiciona absolutamente lo que se hace. Se vive, si no autocensurado por este mismo estado de terror, al menos pensando cuáles son los límites razonables para publicar ciertas cuestiones, cuáles las posibles consecuencias. Cuando se editó mi primer libro, Los mil micos, el editor estaba seguro de que iba a ser censurado. Cuando se publicó el segundo libro, El Cuerpo de Horror, el editor, Rodolfo Alonso, un gran poeta argentino, estaba también con cierto temor de que le caiga la represión encima, y me contaba que sus conocidos le aconsejaron que no publique el libro. Esto leído ahora no se puede entender, es un libro que solamente puede parecer amenazador comprendiendo el contexto que lo rodeaba. No es un libro, aparentemente, de política, habla del cuerpo... desgajado, pero solamente viviendo en esa época se puede tener la seguridad de que un libro sobre el cuerpo puede ser leído como una especie de manifiesto político. Así que en ese clima apareció la revista, cuando todo el mundo pensaba que cualquier cosa, por mínima que fuera, podía dar lugar a represalias desproporcionadas.

La producción poética e intelectual que no se identifica o refiere las cualidades del Proceso de Reorganización Nacional es confinada al silencio, al oprobio, a la desaparición. El poder dominante se apropia del signo que también responde a un orden —un orden impuesto en donde se anuda lo real, lo simbólico y lo imaginario— y a través de él se legitima como única e intangible potestad, y es en sus reductos donde se inscriben las grafías autorizadas, las que no enjuician, denuncian ni ponen en evidencia prácticas arbitrarias, ilegales. El objetivo de su intelligentzia es la de hacer colapsar el campo cultural, sumando acólitos al proceso y expulsar a los insurgentes, un meticuloso trabajo de acecho y vigilancia, de infiltración y denuncia para intimidar la nueva y constante formación de grupos en donde es posible planear estrategias —no sólo de supervivencia en un estado opresor— que “atenten” a través de la acción y la escritura contra la violencia impuesta como eje vertebrante de la historia digitada por el poder; estrategia que se convierte en táctica —de acuerdo a los conceptos de Michel de Certeau— al carecer de un lugar desde donde llevar a cabo las operaciones simbólicas, los enfrentamientos armados. Mao Tsé Tung en Problemas de la guerra y de la estrategia plantea:

Estamos a favor de la abolición de las guerras; no queremos la guerra. Pero la guerra sólo puede abolirse mediante la guerra. Para que no haya más fusiles, es preciso tomar el fusil.

En ese territorio minado por la fuerza opresiva, donde la sospecha es el índice referencial del temor a la represalia, se impone el silencio o la delación; y queda como sostén utópico la táctica de trabajar desde la sombra, desde un sitio no identificable —o todo lo contrario, arriesgándose en la esfera pública— para abrir los caminos en que ese “otro” discurso —que refiere la alocución o los disparos del subalterno— cuenta lo que el poder oprime; porque la representación del diferente aparece subalternizado por un tipo de racionalidad que oculta —en este caso puntual el “proceso” lo pone de manifiesto— una pulsión colonialista. Y como el subalterno siempre que habla lo hace en la lengua del otro, está destinado a reproducir, en su discurso, el poder social en el cual se halla inmerso; ahí también emerge un serio problema para el poder dominante y es cuando el subalterno se apropia de su discurso y lo desvía, hablando desde el interior de sus instituciones para hacerlas estallar, y lo utiliza para debilitar las categorías establecidas. Señalan los investigadores Vich y Zabala: “la subalternidad es un punto límite donde la historia se fractura, vale decir, donde el relato hegemónico se quiebra”[8], entonces, acorde a dicha perspectiva, y a pesar del riesgo que corren los militantes e intelectuales enfrentando a la dictadura surge desde la clandestinidad una escritura opositora e insurgente que se disemina desde adentro del país, en consonancia y a través de los exiliados confluye otra desde el exterior en diarios, libros, documentos, etc. Como en todo totalitarismo la pretensión del estado de terror es la de confabulación total, exigiendo al máximo su voluntad de dominio e instauración de políticas sectarias y sanguinarias, por ende para conseguir su imposición no dudará en mutilar la lengua, demacrar y desaparecer los cuerpos.

Por eso se hace necesario leer entrelíneas, burlar el hábito de lectura del poder imperante, deconstruir lo canonizado y montar sobre sus restos una poética emergente, asentada en tipologías culturales de la tradición y residuales, en donde la novedad trace un inédito radio de operaciones para la palabra, en este caso, la especificidad a la que alude en su primera editorial la revista Xul es la Poesía. Pero esa re-lectura y divulgación de literaturas actuales es también un acto político, mucho más en la región latinoamericana, porque como consideran Vich y Zabala:

Si ahora sabemos que los contextos políticos son los que finalmente estructuran un canon literario, en América Latina dicho proyecto fue el de construcción de una ilusoria unidad ahí donde aquello era realmente imposible. Aquí las leyes estéticas se impusieron de manera violenta y no es difícil constatar que el canon literario se convirtió en una especie de plan político.[9]

A pesar de que continuamente se quiere disociar y desactivar el perfil y la incidencia política de determinadas literaturas, minimizar la densidad contestataria en que ciertas escrituras se inmiscuyen, o reducir la importancia de la participación de los escritores en las instituciones en las que se discute la política —aquí se deja de lado cuando se asume un compromiso partidario, que es otra cosa—, a veces las operaciones de vaciamiento que realiza la hegemonía logran imponer sus veredictos y construir los cánones más afines a su forma de pensar. Y esta evaluación —la de escribir y opinar entrelíneas en un estado de excepción en el que se juega la existencia— puede verificarse en la proclama inicial de la editorial del primer número editado en octubre de 1980:

También XUL, Signo Viejo y Nuevo —como el verso tomado de un poema de Edgar Bayley— por esa dualidad implícita en el signo entre tradición y ruptura, entre institución y rebelión, e`l signo que constituye, a la vez que una barrera, el último punto alcanzado, un límite más allá del cual sólo existe el silencio.

En la editorial número dos —septiembre de 1981— se encuentra el siguiente episodio:

Viendo que se trata en el fondo del temor a la diversidad de ideas y a toda discusión franca, XUL decidió hablar del “espíritu del totalitarismo” e hizo gestos de contrariedad.

Y de carácter netamente frontal es la editorial del número 4 de agosto de 1982, para esa fecha el estado de ánimo general es distinto, porque ya ha acontecido la “Guerra de Malvinas” y su derrota, por lo que se ingresa en el período de mayor descrédito de la cúpula gobernante —todavía en manos militares—, entonces la publicación es precedida por un acápite que refiere la situación social vigente a pesar de los coletazos políticos: “la lengua de lo malvados será cortada”:

Para XUL su compromiso con la realidad pasa por un compromiso con la lengua; una de las formas de realizarlo es apuntando a volver legible el uso que hacen de ella quienes deliberadamente la utilizan para la coerción y el encubrimiento. La lengua pertenece a todos. Es más: su forma cambiante es producto del trabajo conjunto de la comunidad. Sin embargo, la comunidad no puede hacer ciertos usos del producto de su trabajo: no tiene voz, que es lo que carga de sentido al voto. El ejercicio de los discursos está monopolizado.

Los medios masivos, bajo el dominio directo o indirecto del Estado y sirviendo a la perpetuación de la autocracia militar, produjeron, si vale la analogía, su traducción de la realidad, que sirvió para hacerla legible. Paralelamente, con el fin de asegurar que los mecanismos de esta ilegibilidad no quedaran al descubierto, se procedió a impedir que la traducción oficial pudiera ser confrontada con otras versiones. Se suprimieron todas las que fueran discordantes.

En ese desplazamiento que realiza el signo entre las tipologías culturales, dentro de las estéticas que lo utilizan, de las significaciones y los ideologemas del contexto social con los que viene cargado, se articula el discurso que se coloca en evidencia, no hay fuera de texto, todo enunciado es ideológico y conlleva consigo un carácter conclusivo, asume una toma posición, se hace visible —aunque nunca es ni será totalmente transparente— en el entramado social y público, entonces la crítica, la denuncia de la revista es más explícita y directa bajo un sistema democrático —con sus pro y sus contra— y el enfoque beligerante adoptado se puede leer y estudiar en la contratapa de la revista publicada en diciembre de 1993:

Un pueblo que sigue a un político, a quien no quiere y critica, porque tiene miedo: este es el mejor índice de qué situación política se está viviendo. Una situación típicamente no democrática. La Constitución dice que el gobierno deberá ser republicano y la condición sine qua non de la República es la división de los poderes. En la Argentina el Poder Legislativo no legisla, sino que mayoritariamente se limita a votar lo que le ordena el Ejecutivo. El Poder Judicial, con una Corte Suprema adicta, en última instancia no juzga sino que sentencia a indicación del Ejecutivo.

Cuando se funda la revista Xul dentro de la aciaga ­autocracia argentina, iniciando así su propia historia en el hostigado campo cultural, la “toma de posición” no se presta a duda, no se puede apuntar que es clara, o transparente, debido al momento histórico en el que se vive —o desvive—, entonces se hace necesario apelar a un discurso casi encriptado para que eluda el control de los censores de la dictadura, y en ese contexto, la publicación ubica en su centro programático a la poesía ­—tanto el análisis, la traducción, como la propia producción—, y a su vez no rehuye el compromiso político, el debate, e inclusive, el combate político-cultural. Las editoriales que se han presentado en el cuerpo del texto ponen en evidencia dichas acciones dentro de la estructura sociocultural argentina; y las opiniones de sus productores se mueven en un ámbito restringido por la vigilancia militarista, poniendo en énfasis el estado de las cosas, la terrible situación que padece el país, aunque se escriba “solamente” sobre poesía, y como explican Auyero y Benzecry: “los límites creados por los agentes son simbólicos y políticos porque expresan un estado particular de la lucha social...”[10]

Xul conoce en carne propia —al igual que otras ediciones, intelectuales, ciudadanos, y no sólo de origen argentino— ese terror / error / horror instaurado para silenciar a los agentes perturbadores, y que se hallan enfrentados al régimen. Jorge Santiago Perednik lo repone años después en la entrevista citada; terror / error / horror que ha fructificado y coadyuvado a la imposición de un sistema capitalista y neoliberal en consonancia con las necesidades del imperio, coartando de esa manera a una sociedad altamente desarrollada en las disputas populares y culturales en las décadas precedentes al golpe militar, que devino en este siglo XXI en una sociedad apática y desmovilizada, consecuencia directa del exterminio de muchos de sus pensadores más brillantes que debían formar y comulgar con las generaciones emergentes. Alain Badiou en su libro El Siglo refiere:

...el siglo ha sido la ocasión de vastos crímenes. Agreguemos que no ha terminado: los criminales nominales son sucedidos por criminales tan anónimos como los son las sociedades por acciones.[11]

Por eso Xul es un mojón ineludible en la historia política y cultural argentina, sostenida y valorada en su justa medida por otro poder: el de la palabra. La palabra que constituye la esencia de la poiesis, la palabra que establece el andamiaje de la filosofía, de la historia, de la literatura, en consecuencia el compromiso del intelectual se ubica en un proceso en continua emergencia para hallar “las palabras justas”, Louis Althusser interroga:

¿Por qué la filosofía pelea por palabras? Las realidades de la lucha de clases son “representadas” por las “ideas”, las que a su vez son representadas por “palabras”. En los razonamientos científicos y filosóficos, las palabras (conceptos, categorías) son “instrumentos” de conocimiento. Pero en la lucha política, ideológica y filosófica las palabras son también armas: explosivos, calmantes o venenos. Toda lucha de clases puede, a veces, resumirse en la lucha por una palabra, contra otra palabra. Ciertas palabras luchan entre ellas como enemigos. Otras dan lugar a equívocos, a una batalla decisiva pero indecisa [...]

La filosofía, hasta en sus largos trabajos más abstractos, más difíciles, combate al mismo tiempo por palabras: contra las palabras —mentira, contra las palabras— equívocos; por las palabras justas. Combate por “matices”.[12]

II

Cuando la vida parece soportable, cualquier poeta es un monstruo.

(La poesía tiene siempre un sentido último o no es poesía).

Emile Cioran

Con estas acotaciones sobre la utilización del ámbito donde se genera un bien artístico se pretende poner en evidencia ciertos contrastes destacables que se dan entre las revistas que componen el campo literario. Es decir, cada emprendimiento se halla determinado por el habitus de los editores responsables, el contexto, las redes de sociabilidad y de comunicación que operan y regulan las relaciones sociales. Cualquier proyecto tiene siempre un a priori, repetidamente su punto de partida es una respuesta, una opinión en lo que concierne a la distribución del capital cultural. El cuestionamiento o legitimación de las instituciones que actúan en la mediación —crítica, editoriales, escuelas, agentes productores, otras revistas— ocupan parte de sus artículos. También cada número publicado “sirve como andamiaje donde se construye una estructura de encuentros y co-presencias —y de negaciones—, juegos de convivencia y de exclusión, estrategias cruzadas de “borraduras” y de “huellas.”[13] Entonces Xul especifica en su primera editorial:

El punto de partida, hay que reconocerlo, es una premisa cuestionable: tratar de rescatar un campo particular, el de la Poesía en este caso, implica adentrarse también en las búsquedas y los problemas que conforman nuestra cultura. Entonces, contra las concepciones que ven a la vida cultural como un espacio vacío (que hay que llenar) o como una suma de trivialidades (sección ballet, sección cine, sección música, sección literatura, etc.) se parte aquí de la hipótesis que la vida cultural es uniforme en su complejo y que su esencia es la discusión.

Porque, efectivamente, “la revista es una fuerza, centrífuga y centrípeta a la vez, que concita las insurrectas voces y que las expande luego en el eco multiforme e imprevisible de sus páginas.”[14] La faena que se le confiere a estos artificios es, en la mayoría de los casos, la de experimento y transgresión, juego y parodia. Una de las herramientas predilectas a las que recurre es el manifiesto. También algunas ediciones fundan convites de iniciados y, desde dicho lugar, por ejemplo, valoran a autores de las márgenes, aquellos que no claudican a los intereses del poder hegemónico. Muchos de esos dispositivos descentrados se permiten obviar el corpus legitimado por el mercado editorial e, inclusive, blasfemar sobre el canon impuesto por la academia, o poner en evidencia un grupo que actúa corporativamente en beneficio propio dejando de lado el fortalecimiento de la práctica literaria. Por eso en la segunda editorial Xul arremete con certeza, y opina sin medias tintas:

Inmediatamente mencionó un mal cuyos orígenes no son recientes y cuyo fin no parece próximo, llamándolo, mientras se tapaba las narices, el “espíritu de la camarilla”. No se trata de quienes tienen una posición estética común que defender ni de quienes aúnan fuerzas en la tarea de difundir obras, sino de aquellos que, con la sola intención de tener trascendencia pública, se comprometen en pactos de mutua defensa y recíproca promoción y con esos móviles se lanzan ávidamente sobre los medios masivos. (¡Trivialis! dijera Roland Barthes. Y gruesos lagrimones le rodaron por la cara). Porque lo más nefasto de estas “honorables sociedades” recae sobre la crítica, que en sus manos (es sabido que en poesía la crítica argentina está en manos de los poetas) se transforma en la abstención general de toda crítica, es decir en la renuencia a poner en crisis la obra analizada. Así, mediante sus discursos bibliográficos, en una verdadera empresa falsificatoria, estas camarillas reducen y deforman en su favor la variada realidad de nuestro quehacer poético.

Concretamente, se puede sintetizar que: “la revista descubre, polemiza; el escritor de revistas anticipa [...] La revista es vitrina y es cartel...”[15] Es ahí, en ese territorio convocante, donde los “escritores y pensadores adelantan algo de los temas en los que están trabajando, participan en una polémica, prueban una idea nueva o ensayan una forma de decir las cosas.”[16] Acorde a ese campo de lucha que se describe en párrafos anteriores, es en la arena cultural en la que se sopesan esas diferencias, y Perednik le responde a Livon-Grosman:

Había dos poéticas fuertes con las que no coincidíamos... y eso de alguna manera estimuló el nacimiento de la revista, la necesidad de crear un medio en el que ciertas expresiones poéticas nuevas, que no tenían espacio, pudieran ser publicadas, darse a conocer. Una no coincidencia era con la poética coloquial, o si se prefiere la poética populista, cultivada por un grupo nada despreciable de intelectuales y escritores que pensaban que la poesía debía estar al servicio de un cambio social, y que por lo tanto, la escritura debía ser directa, comprensible, crear en los lectores cierta conciencia, transportar un mensaje que los convenza de cambiar su modo de vida, y operar de manera revolucionaria. Y por otro lado había una poética conocida como neo-romántica que también se pensaba como transportadora de mensajes, aunque de signo totalmente contrario al populista: escribía la nostalgia de una antigüedad de oro perdida, irrecuperable, con el dato interesante de que partía de una retórica común estricta: casi todos los poetas escribían de la misma manera: se puede incluso jugar a cambiar las firmas, y no se sabe exactamente bien quién es el autor del poema, o si acaso no hay que pensar que la retórica neo-romántica es la verdadera autora. Incluso los poetas provenían de un taller literario donde aprendían escribir de esa manera. Así constituyeron una opción, una de las opciones poéticas que había en la época. A la opción de XUL le interesaba más el trabajo por el lado del lenguaje, la elección era concientemente formalista. Por mi parte pensaba que, como en cualquier arte, la tarea que corresponde es decir mediante la forma, y entonces me interesaba que lo que se diga esté hecho carne en el poema. Más que la conciencia de un mensaje que el poema transportaría esto era lo que las otras dos poéticas a su modo sostenían, y en lo que coincidían, interesaba ofrecerle al lector la posibilidad de un trabajo sobre el poema. La idea de que el autor tiene cosas que decir, pero el poema después dice a su manera. Y que la poesía se arma en el encuentro entre el poema y el lector, no a partir de la verdad que el poeta tenía antes de escribirlo o durante su escritura. Así se daba lugar a una posición, estoy convencido, totalmente distinta de las dos que en ese momento eran las poéticas dominantes. Se publicaban en XUL poemas que en ningún otro lado se podían leer.

En todas partes comparten —y disputan— el espacio cultural distintas generaciones literarias; ciertos integrantes de esos grupos tienen iniciativas que van más allá de imprimir un libro individual, sienten el llamado de un proyecto editorial colectivo. La fundación de revistas es un impulso vital que agita los nichos literarios; generalmente y con ciertas y puntuales singularidades son “empresas de jóvenes que —casi sin excepción— les ha sido dada como una fatalidad la vida breve. Sólo muy pocas perviven sobre el camino de las dificultades financieras, el silencio o la indiferencia. Todas, en su esfuerzo conjunto y permanente alimentan la arteria profunda del proceso cultural argentino.”[17] Y el proyecto Xul, además de la especificidad anunciada en la primera edición y que focalizaría su trabajo sobre la Poesía en sí, queda bien explícito en la editorial número tres:

XUL reniega de adjudicarse una posición de vanguardia, no por rechazar las corrientes poéticas renovadoras, sino por las connotaciones que esta palabra encierra. XUL no quiere estar delante (vanguardia) ni detrás (retaguardia) sino dentro. Pretender caminar adelante, y por lo tanto que los demás lo sigan, además de ser falso y presuntuoso, encubre una ideología de dominación que XUL repudia explícitamente. Por lo demás, una revisión histórica de la actividad poética muestra que los juegos de poder entre las distintas corrientes que se pretendieron dueños de la verdad han sido ilusorios. En poesía (en arte), mientras dure la etapa histórica, la meta está en el camino y la verdad tiene forma de discusión en la que participan quienes renuevan los argumentos.

En fin, cada revista representa un fragmento activo y móvil que se convierte en testimonio de la producción artística y política de una época y un espacio particular. La revista Xul: Signo Viejo y Nuevo recorre dicho derrotero, se puede arriesgar de que ha triunfado sobre el tiempo, y su comprobación es la verdad tangible de cada uno de los números publicados. El proyecto Xul, asentado en el campo poético, es una arista más en la actividad cultural de un bloque histórico concreto y se tiene que sumar —debe incorporarse— a la vasta lista de los nombres que han contribuido al incremento y fortalecimiento de los múltiples matices de la literatura argentina.

BIBLIOGRAFÍA

ALTHUSSER, Louis. La filosofía como arma de la revolución. México: Siglo XXI Editores, 1983.

ANGENOT, Marc. Intertextualiadad, interdiscursividad, discurso social. Córdoba: UNC, 1998.

BADIOU, Alain. El Siglo. Buenos Aires: Ediciones Manantial, 2005.

BAJTÍN, Mijail. Teoría y estética de la novela. Madrid: Taurus, 1989.

-------------------. Estética de la creación verbal. Buenos Aires: Siglo XXI, 1998

BAREI, Silvia. De la escritura y sus fronteras. Córdoba: Alción Editora, 1991.

BARTHES, Roland. Ensayos críticos. Barcelona: Seix Barral, 1967.

BORDIEU, Pierre. “Campo intelectual y proyecto creador”. Problemas del estructuralismo. México: S. XXI, 1971.

------------------------. Las reglas del arte. Barcelona: Anagrama, 1997.

BRECHT, Bertolt. Escritos políticos y sociales. México: Grijalbo, 1978.

BÜRGER, Peter. Teoría de la vanguardia. Barcelona: Editorial Península, 1997.

CASTORIADIS, Cornelius. Los dominios del hombre. Las encrucijadas del laberinto. Barcelona: Editorial Gedisa, 1995. (Traducción: Alberto L. Bixio).

----------------------------------. Figuras de lo pensable. Las encrucijadas del laberinto IV. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2001. (Traducción: Jacques Algasi).

CIORÁN, Emile. Del inconveniente de haber nacido. Madrid: Taurus Ediciones, 1995.

DI TELLA, Torcuato S. Sociología de los procesos políticos. Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires (Eudeba), 1988.

ENTEL, Alicia. Teoría de la comunicación. Cuadros de época y pasiones de sujetos, Ed. Docencia, Buenos Aires, 1995

FLORIA, Carlos A. y GARCÍA BELSUNCE, César A. Historia política de la Argentina contemporánea 1880-1983. Buenos Aires: Alianza Editorial, 1989.

HEGEL, Gerog Wilheml Friedrich. Fenomenología del espíritu. México: Fondo de Cultura Económica, 1966.

JOZAMI, Eduardo, PAZ, Pedro y VILLARREAL, Juan. Crisis de la dictadura argentina. Política económica y cambio social (1976-1983). Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 1985.

LAFLEUR, Héctor René, PROVENZANO, Sergio D. y ALONSO Fernando P. Las revistas literarias argentinas 1893-1967. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1987.

MAO TSÉ TUNG. Problemas de la guerra y de la estrategia. Ediciones en Lenguas Extranjeras: Pekín, 1967.

MARTÍN-BARBERO, Jesús. De los medios a las mediaciones: comunicación, cultura y hegemonía. México; Gustavo Gili, 1987.

POUILLON, BARBUT, GREIMAS Y OTROS. Problemas del estructuralismo. México; Siglo XXI Editores, 1971.

RAMA, Ángel. Transculturación narrativa en América Latina. México: Siglo XXI, 1982.

REDONDO, Nilda. Si ustedes lo permiten prefiero seguir viviendo: Urondo, de la guerra y del amor. La Plata: De la campana, 2006.

ROCK, David. Argentina 1516-1987. Desde la colonización española hasta Raúl Alfonsín (Título original: Argentina 1516-1987 - From Spanish Colonization to the Falkands War). Buenos Aires: Alianza Editorial, 1989. Traducción: Néstor Míguez.

SAER, Juan José. El concepto de ficción. Buenos Aires: Ariel, 1998.

SALVADOR, Nélida. Revistas argentinas de vanguardia. Buenos Aires: U.B.A, 1962.

VICH, Víctor y ZABALA, Virginia. Oralidad y poder. Herramientas metodológicas. Buenos Aires: Grupo Editorial Norma, 2004.

VOLOSHINOV, Valentín. Marxismo y la filosofía del lenguaje. Madrid: Alianza Editorial, 1992.



[1] Che: Artes y Culturas en Abya Yala es una publicación que trata diversas temáticas, se sustenta en la utilización de herramientas de la antropología y sociología, y pretende conciliar su posición dentro del campo cultural en una cosmovisión que abarque a las culturas originarias de la región latinoamericana, el trabajo se centra en la difusión de autores locales, ajenos a la industria cultural, en el análisis de las múltiples poéticas que se producen en ese espacio postergado por el centralismo de las instituciones nacionales, y la revista sirve como plataforma en donde se reubican las obras de los escritores del interior del país dentro del corpus de la literatura hegemónica. Museo Salvaje prosigue con el mismo trabajo ante las formaciones dominantes, pero su viraje principal es hacia el estudio de la poesía.

[2] Carlos A. Floria y César A. García Belsunce, Historia política de la Argentina contemporánea 1880-1983, Alianza Editorial, Buenos Aires, 1989, p. 238.

[3] David Rock, Argentina 1516-1987. Desde la colonización española hasta Raúl Alfonsín (Título original: Argentina 1516-1987 - From Spanish Colonization to the Falkands War), Alianza Editorial, Buenos Aires, 1989, pp. 452-453. Traducción: Néstor Míguez.

[4] Juan Villarreal, “Los hilos sociales del poder”, en Eduardo Jozami, Pedro Paz y Juan Villarreal, Crisis de la dictadura argentina. Política económica y cambio social (1976-1983), Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 1985, p. 215.

[5] Nilda Redondo, Si ustedes lo permiten prefiero seguir viviendo: Urondo, de la guerra y del amor, De la campana, Colección “Campana de palo”, La Plata, 2006, pp. 36-37.

[6] Pablo Heredia, “Hipótesis de lectura para una interpretación de ‘lo real’ y la ficción en textos de Rodolfo Walsh”, en revista Tramas para leer la literatura argentina, Vol. I N° 1, Córdoba, 1999, p. 91.

[7] Torcuato S. Di Tella, Sociología de los procesos políticos, Editorial Universitaria de Buenos Aires (Eudeba), Buenos Aires, 1988, p. 416.

[8] Víctor Vich y Virginia Zabala, Oralidad y poder. Herramientas metodológicas, Grupo Editorial Norma, Buenos Aires, 2004, p. 103.

[9] Ibidem, p. 75.

[10] Javier Auyero y Claudio Benzecry, “Cultura”, en Carlos Altamirano —Director—, Términos críticos de sociología de la cultura, Editorial Piados, Buenos Aires, 2002, p. 39.

[11] Alain Badiou, El Siglo, Buenos Aires, Ediciones Manantial, 2005, p. 22.

[12] Louis Althusser, La filosofía como arma de la revolución, México, Siglo XXI Editores, 1983, p. 11-12.

[13] Silvia Barei, De la escritura y sus fronteras, Alción Editora, Córdoba, 1991, p. 17.

[14] Nélida Salvador, Revistas argentinas de vanguardia, U.B.A, Buenos Aires, 1962, p. 93.

[15] Nélida Salvador, op. cit., p. 92.

[16] Patricia Kolesnikov, “Las revistas culturales tendrán su feria”, en Diario Clarín, 25 / 06 / 2001, Buenos Aires, p. 39.

[17] Héctor René Lafleur, Sergio D. Provenzano y Fernando P. Alonso, Las revistas literarias argentinas 1893-1967, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1987, p. 7.